La deuda externa de los países en desarrollo alcanza un récord de US$9,4 billones y amenaza la inversión social
El repunte del financiamiento privado y la reapertura de los
mercados de bonos impulsaron el crecimiento de la deuda en 2025, mientras las
naciones más pobres enfrentan los costos de endeudamiento más altos de las
últimas décadas.
Por Redacción
La deuda externa de los países en desarrollo alcanzó en 2025
la cifra récord de 9,4 billones de dólares, tras registrar un crecimiento del
5,5%, el ritmo más acelerado desde 2021. Así lo revela el más reciente Informe
sobre la Deuda Internacional 2026 del Grupo Banco Mundial, que advierte que,
aunque el acceso al financiamiento internacional ha mejorado, los elevados
costos del endeudamiento están limitando la capacidad de los gobiernos para
invertir en áreas esenciales como la salud, la educación y la protección
social.
El incremento de la deuda fue impulsado principalmente por
el regreso de los acreedores privados y la reapertura de los mercados
internacionales de bonos para numerosos países de ingreso bajo y mediano. Según
el informe, la emisión de bonos por parte de entidades públicas aumentó casi un
35%, hasta alcanzar los 251.000 millones de dólares, el nivel más alto
registrado en cinco años.
Sin embargo, los beneficios de este renovado acceso al
crédito contrastan con una realidad preocupante: los países más vulnerables son
quienes están pagando las tasas más elevadas. Las economías que pueden acceder
al financiamiento concesional de la Asociación Internacional de Fomento (AIF),
la ventana del Banco Mundial para los países más pobres, vieron crecer su deuda
externa en un 8,1%, hasta llegar a 1,3 billones de dólares.
“Los países de ingreso bajo y mediano están obteniendo más
préstamos, pagando más y, en muchos casos, dejando menos recursos disponibles
para el desarrollo a largo plazo”, señaló Haishan Fu, estadística en jefe y
directora del Grupo de Gestión de Datos sobre el Desarrollo del Banco Mundial.
Endeudarse más para pagar deudas antiguas
El informe señala que numerosos gobiernos recurrieron a la
emisión de nuevos bonos para recomprar títulos próximos a vencer, una
estrategia que permite aliviar temporalmente las presiones de pago, pero que no
reduce sustancialmente el volumen de la deuda acumulada.
En muchos casos, estas operaciones se realizaron a tasas de
interés más altas que las originalmente contratadas, trasladando la carga
financiera hacia el futuro. La tendencia continuó durante 2026, cuando más
de diez países ya habían superado, antes de agosto, el volumen total de
emisiones realizadas durante todo el año anterior.
La situación resulta especialmente compleja para los países
más pobres. En promedio, las naciones elegibles para financiamiento de la AIF
pagaron un 8,2% por los nuevos créditos obtenidos de acreedores privados en
2025, la tasa más alta desde 1989. En el caso de los nuevos bonos soberanos, el
costo se elevó hasta el 9,4%.
Por el contrario, los países con acceso al financiamiento no
concesional del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) lograron
mejores condiciones, con tasas promedio del 5,5% en sus nuevas emisiones.
Crece la presión del servicio de la deuda
Mientras los gobiernos continúan acudiendo a los mercados
internacionales para financiarse, la carga del servicio de la deuda sigue
aumentando.
Durante 2025, los países de ingreso bajo y mediano
desembolsaron 1,4 billones de dólares en pagos de capital e intereses, un
incremento del 1,9% respecto al año anterior y el quinto aumento anual
consecutivo.
Los pagos realizados a los tenedores de bonos alcanzaron los
363.000 millones de dólares, reflejando tanto las recompras de títulos como los
pagos anticipados financiados mediante nuevas emisiones de deuda.
Entre 2022 y 2025, los países en desarrollo pagaron 436.000
millones de dólares más en servicio de deuda de lo que recibieron en nuevo
financiamiento, una situación que evidencia la creciente presión financiera
sobre sus economías.
No obstante, 2025 marcó un giro parcial en esta tendencia.
Los flujos de deuda a largo plazo pasaron de una salida neta de 118.000
millones de dólares en 2024 a una entrada neta de 45.000 millones de dólares,
impulsada por el renovado interés de los mercados financieros.
El efecto silencioso del dólar
Otro factor que contribuyó al aumento de los niveles de
endeudamiento fue la depreciación del dólar estadounidense frente a otras
monedas.
Más de una cuarta parte del incremento de 303.000 millones
de dólares registrado en la deuda pública y garantizada por el Estado no
obedeció a nuevos préstamos, sino a efectos contables derivados de la variación
cambiaria. Al debilitarse el dólar, aumentó el valor expresado en esa moneda de
las obligaciones contratadas en otras divisas.
En varios de los principales países prestatarios en
condiciones concesionarias, este efecto cambiario fue superior incluso al monto
amortizado durante el año, provocando que sus niveles de deuda crecieran a
pesar de continuar realizando pagos.
Un
desafío para el desarrollo
Los hallazgos del Banco Mundial ponen de relieve un dilema
cada vez más acentuado para los países en desarrollo: la necesidad de acceder a
financiamiento para sostener el crecimiento económico y cubrir necesidades
urgentes, frente al riesgo de destinar una parte creciente de sus recursos al
pago de intereses y amortizaciones.
Los expertos advierten que, de mantenerse las actuales
condiciones de financiamiento, muchos gobiernos podrían verse obligados a
reducir inversiones estratégicas en infraestructura, salud, educación y
desarrollo humano para cumplir con sus compromisos financieros, comprometiendo
así las oportunidades de crecimiento de las próximas generaciones.
La cifra récord de 9,4 billones de dólares refleja no solo
un aumento del endeudamiento global, sino también la creciente fragilidad
financiera de numerosas economías en desarrollo que pagan más por acceder a
recursos cada vez más indispensables para su desarrollo.

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