Exilio y resiliencia: la historia de una madre venezolana en Costa Rica
En octubre de 2017, Anaís Rosales, una mujer venezolana tomó la decisión
más difícil de su vida: abandonar su país.
La persecución
política y el asesinato de su hermano la obligaron a huir junto a su hijo de
cinco años y su madre de 71. Costa Rica se convirtió en su destino, un lugar
donde esperaba encontrar seguridad y nuevas oportunidades.
Su llegada fue posible gracias a un contacto laboral previo
en Venezuela, donde trabajaba en atención al cliente para una empresa con
vínculos en Costa Rica.
Un amigo nicaragüense la recibió en Rohrmoser, y más tarde
se trasladó a Cartago, donde se estableció con la familia de su esposo.
Sin embargo, la estabilidad laboral pronto se desvaneció.
Tras quedar embarazada, perdió la posibilidad de ser contratada formalmente y
se vio obligada a trabajar en la informalidad, vendiendo comida en la calle y
realizando oficios ocasionales.
La maternidad volvió a marcar su destino: cuando su bebé
tenía apenas cinco meses, quedó nuevamente embarazada, lo que complicó aún más
sus planes de reinserción laboral.
En medio de estas
dificultades, enfrentó una nueva tragedia: en 2022 su madre enfermó y falleció,
dejando un vacío emocional y un reto adicional, sacar adelante a sus hijos
pequeños sin apoyo familiar cercano.
Ante la imposibilidad de acceder a un empleo formal, decidió emprender por cuenta propia desde su domicilio y estar al cuido de sus pequeños hijos, elabora galletas artesanales lo que le permite el ingreso .necesario para la manutención de su familia.
Reconoce que la discriminación laboral hacia madres en
situación vulnerable es una realidad palpable en Costa Rica. “Sin duda es
discriminación, pero también entiendo que ninguna empresa va a querer echarse
ese problema encima”, afirma, consciente de que las obligaciones legales y
beneficios asociados a la maternidad son vistos por muchos empleadores como un
costo no rentable.
La historia de esta madre venezolana refleja la resiliencia
de quienes, pese a la persecución, la pérdida y la discriminación, buscan salir
adelante en un país nuevo. Su experiencia personal se conecta con la realidad
de miles de migrantes que aportan a la economía costarricense, pero que aún
enfrentan barreras estructurales.
El complejo panorama de la migración venezolana en Costa
Rica
El perfil sociodemográfico de la migración venezolana
destaca por su elevado potencial productivo: el 56% de esta población se ubica
entre los 30 y 49 años, y casi la mitad posee estudios superiores o técnicos
completos. Esta preparación se refleja en su dinamismo dentro de sectores clave
de la economía costarricense, tales como el comercio, los servicios
profesionales y técnicos, el apoyo empresarial, y la industria de alimentos y
bebidas.
Los datos confirman una huella económica significativa: la
comunidad venezolana aporta más de USD 40 millones anuales en recaudación
fiscal al Estado costarricense. Asimismo, el espíritu emprendedor de este
colectivo se evidencia en que los empleadores venezolanos han logrado dinamizar
el mercado interno mediante la creación de más de 39,000 puestos de trabajo.
Con más de 40 millones de dólares anuales en impuestos y la
generación de 39,000 empleos, la comunidad venezolana impulsa la economía
costarricense, aunque más del 60% permanece en situación irregular o de
informalidad.
Actualmente, 29,405 personas venezolanas residen en Costa
Rica, lo que representa alrededor del 12% de la población migrante en el
territorio nacional y menos del 1% del total de habitantes del país.
A pesar de contar con un perfil altamente cualificado y
generar una contribución económica sustancial, la mayoría enfrenta profundas
brechas de inserción laboral y trabas de regularización, una realidad que
impacta con especial dureza a las mujeres con hijos pequeños.
A pesar de estos aportes, la estabilidad legal y laboral
sigue siendo una asignatura pendiente. Del total de la población venezolana en
el país, 11,000 personas han logrado regularizar su estatus migratorio,
mientras que 18,405 se encuentran en situación irregular.
Esta condición incide directamente en las oportunidades de
ingreso. Mientras que el ingreso promedio en el empleo formal alcanza los
US$1,203 mensuales, quienes trabajan en el sector informal perciben un promedio
de US$453 mensuales, lo que representa una brecha de casi tres veces. La falta
de regularización limita el acceso a la seguridad social y confina a miles de
trabajadores a empleos desprotegidos.
El camino hacia la integración plena tropieza con obstáculos
estructurales y prejuicios en el ámbito empresarial. La condición migratoria
irregular restringe la contratación formal, reforzada por una percepción
empresarial que evalúa como poco rentable asumir los beneficios legales
asociados a la contratación de personas migrantes.
Estas barreras se agudizan en el caso de las mujeres. La
discriminación laboral afecta de forma directa a mujeres embarazadas o con
hijos pequeños, quienes enfrentan los mayores obstáculos para ser contratadas.
Las reticencias de
los empleadores respecto a los costos legales de las licencias de maternidad y
otros beneficios de ley restringen las opciones de desarrollo laboral para esta
población, perpetuando su vulnerabilidad económica. Anais Rosales lo vivió en
carne propia: “Sin duda es discriminación, pero también entiendo que ninguna
empresa va a querer echarse ese problema encima”, afirma con resignación.
Hacia una integración con equidad
Estas
iniciativas buscan cerrar brechas de género y promover la inclusión laboral,
ofreciendo herramientas para la independencia económica y la informatización de
pequeños negocios.
La historia de Anais Rosales es reflejo de una realidad compartida por miles de mujeres migrantes; resilientes, trabajadoras y dispuestas a reconstruir su vida desde cero.
Su experiencia personal se convierte en un espejo de las deudas sociales y laborales que aún persisten, pero también en una muestra del potencial humano que la migración aporta al país. Su emprendimiento Dulces Migas ya es una marca en este nuevo pais de acogida y muestra que a pesar de la persecución, la pérdida y las dificultades económicas, ha encontrado en el emprendimiento una forma de sostener a su familia y de seguir adelante.

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