Cuando el ornamento sustituye al bosque: la discusión ambiental pendiente en Nicaragua
Por Emma Amador | Reportaje
Especial
El informe sostiene que la
protección de los ecosistemas ya no puede ser vista únicamente como una
política ambiental, sino como una condición indispensable para el crecimiento
económico, la seguridad alimentaria y la resiliencia frente al cambio climático.
Sin embargo, en Nicaragua, donde
la deforestación continúa afectando diversas regiones del país y las áreas
protegidas enfrentan crecientes amenazas, la discusión adquiere una dimensión
distinta: ¿están siendo dirigidos los recursos públicos hacia la recuperación
ambiental o hacia proyectos de carácter ornamental?
Dos modelos de inversión
Durante los últimos años, el
gobierno de Nicaragua ha promovido la instalación de cientos de estructuras
metálicas conocidas como "Árboles de la Vida", convertidas en uno de
los principales símbolos urbanos del oficialismo.
Aunque estas estructuras forman
parte del “paisaje” -no consultado con especialistas medioambientales- de Managua y otras ciudades, se señala que esas
estructuras metálicas no generan beneficios ecológicos comparables a los de un
programa de reforestación. No producen oxígeno, no capturan carbono, no
proporcionan hábitat para la fauna ni contribuyen a la recuperación de cuencas
hidrográficas o bosques degradados.
En contraste, la restauración
forestal implica acciones de largo plazo como la siembra y protección de
árboles nativos, la recuperación de ecosistemas, la conservación de fuentes de
agua y la protección de corredores biológicos.
"La diferencia entre un
proyecto ornamental y uno ambiental es que el segundo genera beneficios
permanentes para las comunidades y para la economía", sostienen expertos
en sostenibilidad consultados por organismos regionales.
Un presupuesto ambiental bajo
presión
La comparación resulta más
relevante cuando se analizan las prioridades presupuestarias.
Organizaciones ambientalistas han
advertido que las instituciones encargadas de la protección de los recursos
naturales operan con recursos limitados frente a la magnitud de los desafíos
ambientales del país.
Al mismo tiempo, Nicaragua
enfrenta problemas estructurales como el avance de la frontera agrícola sobre
zonas boscosas, incendios forestales recurrentes, extracción ilegal de madera y
presión sobre reservas naturales reconocidas internacionalmente.
Para ambientalistas, el problema
no radica únicamente en cuánto dinero se invierte, sino en cómo se invierte.
"Cada hectárea de bosque
restaurada produce beneficios ambientales, económicos y sociales. Cada árbol
que logra crecer ayuda a proteger fuentes de agua, reducir erosión y capturar
carbono. Las inversiones ornamentales, por definición, no cumplen esa
función", señala un análisis recurrente de organizaciones dedicadas a la
conservación.
La biodiversidad como
inversión económica
El estudio del BID y la CEPAL
plantea que la biodiversidad debe ser considerada un activo económico
estratégico.
La región alberga algunos de los
ecosistemas más importantes del planeta, desde bosques tropicales hasta
reservas de agua dulce y una extraordinaria diversidad de especies. La pérdida
de estos recursos tiene consecuencias directas sobre la producción agrícola, el
turismo, la disponibilidad de agua y la capacidad de adaptación al cambio
climático.
Según los organismos
internacionales, cerrar la brecha de financiamiento ambiental es esencial para
sostener el desarrollo económico de América Latina en las próximas décadas.
Bajo esa perspectiva, la pregunta
para países como Nicaragua trasciende el debate sobre infraestructura urbana o
embellecimiento de las ciudades. La discusión de fondo gira en torno al modelo
de desarrollo que se pretende construir.
Una decisión sobre el futuro
Mientras el BID y la CEPAL llaman
a multiplicar las inversiones para proteger la biodiversidad, Nicaragua
enfrenta el desafío de equilibrar sus prioridades en un contexto de creciente
vulnerabilidad ambiental.
La disyuntiva no es simplemente
entre plantar árboles o levantar estructuras decorativas. Se trata de decidir
si los recursos públicos deben orientarse a símbolos visibles de carácter
político y ornamental o a la restauración de los bosques, las fuentes de agua y
los ecosistemas de los que depende el bienestar de las futuras generaciones.
Porque, al final, los árboles de
acero iluminan una ciudad durante la noche. Los bosques, en cambio, sostienen
la vida.

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